jueves, 29 de abril de 2010

Vicente Quirarte (Ciudad de México, 1954).


La ventana al artificio poético.


Eduardo Casar lo retrata así: “Son pocos los escritores de la lengua española a los que se le nota ese paladeo verbal, ese indeclinable gusto por las texturas y los nudos materiales del lenguaje, esa actividad constantemente renacentista de orfebrería verbal. En Quirarte es el cálido terreno del encuentro amoroso su naturaleza pacífica es oceánica y, por eso, todo el tiempo combate y sus batallas, todas decisivas, serán interminables.”

Vicente Quirarte, poseedor de un estilo poético coloquial exquisito, expone a continuación una serie de puntos imprescindibles en su elaboración artística que no debemos pasar por alto aquellos que nos sentimos cercanos a la poesía mexicana o a la literatura en general.

I. La poesía es una apuesta contra la vida, en favor de la vida. Quien se atreve a servirla, acepta existir al filo del tiempo y verse expuesto a caídas y eleva­ciones, a tempestades y sequías. Al vislumbrar la meta postergada, el buscador exhausto se descubre al principio del viaje. Su solo privilegio, su ardiente consuelo, se halla en la posibilidad de comenzar de nuevo.

II. La poesía es el tren de los ausentes. Sin horario fijo, invade los andenes o aparece, imprevista, en mi­tad del desierto. Arranca nuestras raíces para volver­nos parte de su vértigo, en escasas ocasiones como pasajero de primera: la mayor parte de las veces nos obliga a viajar entre sus ruedas. A cambio nos conce­de la alegría y la libertad heroica de los vagos. Confie­sa Eduardo Hurtado: "Aquí estoy. Tengo mi oficio. Jefe de la estación, sin silbato y sin horario fijo, con corridas continuas al pavor del desierto".

III. La poesía es un yo que es un nosotros. Al mis­mo tiempo, su primera persona del plural encarna en una singularidad que a todos nos concilia. Ti­gre en la casa, último jardín, alianza de los reinos, oscura coincidencia, la poesía se nutre de las más altas caídas. Superior a la feria de vanidades, se en­cuentra por encima de combates de nuestro peque­ño género humano. Barco que parece naufragar de­bido a nuestra imprudencia y nuestras ansias, tarde o temprano rescata a sus verdaderos iniciados. Fue­go de pobres, ciudad de la memoria, libertad bajo palabra, la poesía es salvación para el náufrago que no ha visto el mar.

IV. Cuando el hombre halló que las palabras de su tribu podían alcanzar mayor intensidad que la dic­tada por la utilidad práctica, nació el trabajo del poeta. Cambian estilos y modos de expresión: per­manece la lucha del poeta contra el leviatán que lo acosa y lo seduce.

V. "Los imbéciles han renunciado al poder. Yo me confieso imbécil", escribe Rodolfo Hinostroza para tender un puente entre la rebelión de Propercio y nuestra modernidad. Ahora, como entonces, el tra­bajo del poeta es sustancialmente el mismo: liberar a otros a partir del conocimiento de la cárcel propia.

VI. La misión del poeta es defender la poesía. Para cumplir semejante tarea, es preciso estar convenci­do de lo que estamos dispuestos a sacrificar para ser parte de la milicia que toma las palabras para tem­plarlas en la llama más intransigente.

VII. A la pregunta humillante y repetida "¿Se puede vivir de la poesía?", el poeta debe contestar que no sólo se puede vivir de la poesía, sino que la obligación del poeta es vivir de ella. Una vez viviendo por ella y para ella, sus contados temporales bastan para aliviar la sed de toda la vida, incluidas aquellas esta­ciones cuando la aridez parece condenarnos a la in­felicidad absoluta.

VII. La poesía es una cortesana de lujo, enamorada como quinceañera: elige, entre quienes la pretenden, la hora y el sitio para hacernos suyos. Sus caricias magistrales, sus artes más ocultas, las revela en la medida en que nos ve dispuestos a defenderla y sos­tenerla. Si no le mostramos frutos convincentes, se marcha con el que más le ofrece.

IX. La defensa de la poesía comienza con la defensa que el poeta hace de sí: de ahí que comience con la exploración del terreno más próximo a su carne. "Contra mí mismo peleo, defiéndame Dios de mí", descubre en el Siglo de Oro Cristóbal de Castilleja, mientras otro poeta es tocado de muerte al pie de la ventana de su Dueña y uno más regresa —envejeci­do y pobre— a su nativa Córdoba.

X. La poesía nace del trabajo del corazón. El cora­zón que pone para el triunfo el boxeador de barrio; el corazón que lleva al corredor de fondo a cubrir la distancia cuando el cuerpo se niega a responderle. "Pienso en el poeta como un hombre de proezas, igual que un atleta", escribió Robert Frost.

XI. El buen arte es gran arte, y la verdadera poesía consuma el milagro de hacernos más grandes que nuestras pequeñeces. Luis Miguel Aguilar se mira en el retrato de Cesare Pavese y descubre: "Sólo hay un modo de hacer algo en la vida: consiste en ser superior a lo que haces."

XII. Obligación del poeta es entrenar. Vivir es es­cribir con todo el cuerpo y no es posible amar con la mitad del corazón ni besar sin perderse en el abis­mo. El verdadero poeta actúa de la misma forma con plaza llena o a solas frente al toro de la muerte.

XIII. Mirar por la ventana no es un poema, aunque mirar por la ventana sea una aproximación a la poe­sía. Mirar por la ventana y descubrir el sentido de mirar por la ventana es un principio poético, pero no es la poesía. La poesía es mirar por la ventana y convencer a otros de que la poesía es mirar por la ventana.

XIV. No escribas para consolar, instruir o modifi­car. Si eres fiel a esa exigencia, consolarás, instruirás y modificarás. Escribe para nadie. Sólo así estarás escribiendo para alguien.

XV. Poesía y adolescencia son sinónimas y el poeta no abandona del todo la violencia desconcertada de los años verdes: a mayor carencia, mayor ham­bre de vida. Los primeros poemas del muchacho que fui hablaban sobre la noche y la lluvia, la soledad y la calle. Cuando el hombre de ahora intenta seguir aquellos pasos, descubre que, en esencia, sus temas no han cambiado. Con la alegría y la frustración que las horas de vuelo nos otorgan, sigo aprendien­do de aquel adolescente que todo lo sentía y nada comprendía. A él quiero decirle que si he continua­do equivocándome, jamás he dejado de atreverme. Me invaden las mismas inseguridades y ahora, como entonces, sé que escribir es una tarea infeliz y pos­tergada, un trabajo imposible y absurdo, que pone constantemente a prueba vanidad y resistencia.

XVI. Sólo en el amor y sus demandas existe una intensidad semejante a la surgida cuando un hom­bre enfrenta las palabras de la tribu. Únicamente el amor y sus diáfanas prisiones equivalen a la libertad proporcionada por el correr de la pluma en el pa­pel, a la traducción del mundo lograda merced al esfuerzo y el milagro.

XVII. No hay poeta feliz, pero el poeta es el más feliz de los mortales. Ni el poema perfecto podrá pagar a la poesía la extraña, insustituible, inexplica­ble forma de la felicidad que significa ser traspasado por el rayo y rendir testimonio de esa muerte.
...Amén Quirarte.
Bibliografía:
Casar, Eduardo, Material de lectura #198, poesía Moderna, UNAM, México, 2005.
Toledo, Victor, Poética Mexicana, BUAP, México, 2000.

miércoles, 14 de abril de 2010

¡Ayyy… que tierno, eres poeta!


Cuántas veces los poetas no han sido enjuiciados con aquella frase repetida y tediosa: ¿Se puede vivir de la poesía? Y cuántas veces el poeta enmudece, se le vuelan los ojos tratando de sacar una respuesta al aire que convenza, con algún fundamento válido, la interrogante de su ejecutor.

Yo pienso que el poeta no sólo debe contestar –con un corte de manga, anexado- que no sólo se puede vivir de la poesía, sino que la obligación del poeta es vivir de ella. Una vez viviendo por ella y para ella, sus contados temporales bastan para aliviar la sed de toda la vida, incluidas aquellas estaciones cuando la aridez parece condenarnos a la infelicidad absoluta y pasar miserias.

Vivimos en una sociedad basada en la tecnocracia y en la acumulación de bienes materiales en donde el papel de la reflexión humana y poética exige el compromiso de gente “humanista”. El poeta debe servir con el fin de hacer humano al ser humano en estos tiempos de crisis y fragmentación.

A todo esto, trato de comprender y comprenderme en la poesía. Escuchar los sonidos del mundo y reconocerme en ellos. Ezra Pound decía que los poetas son las “antenas de la raza”. Pienso que de esta manera uno se hace humanista para empezar a forjar humanistas en un tiempo futuro. Aprendo a definirme y, en ocasiones, a delimitarme. “Conócete a ti mismo” es una tarea fundamental en este oficio. Conociéndome puedo comprender la importancia social de la poesía: develar la existencia. De-velar es re-velar al mundo en cada palabra, en cada silencio; éste es el destino natural diario: escribir para formular y reinventar la apariencia de la realidad.

Jamás se me olvidan al despertarme todos los días las palabras de Octavio Paz: “Me encontré frente a un muro y en el muro un letrero: Aquí empieza tu futuro.”, porque la vida es escribir en la hoja de los días con todo el cuerpo y no es posible amar con la mitad del corazón ni besar ni perderse en el abismo. Todo consiste en ser superiores a lo que hicimos el día de ayer.

Al final del día no hay nada más que decir. Nuestra labor crítica debe de seguir en esa línea que defina lo que somos y, en el mejor de los casos, lo que debiéramos ser. Menos ausencia que presencia. La última palabra está en nuestras manos.

jueves, 8 de abril de 2010

El físico de tu cuerpo



Sentado con un compañero en una de las palapas de la Facultad de Matemáticas de la BUAP escuche una conversación, o más que una conversación era una trifulca, de cuatro estudiantes acerca del vasto Teorema de Norton para resolver una malla eléctrica compleja.
Me daba risa la pasión con la que ejercían el debate aquellos principiantes de física. La manera de ejercer el mando en uno de ellos era sobresaliente, recuerdo bien. Sin embargo, lo que llamó sumamente mi atención fue que justo en ese instante, en ese preciso momento, una morena, color de fuego, pasaba al lado de la mesa donde se sometía aquella brutal polémica. No por esto, Usted, amable lector, me etiquete de libidinoso, le voy a explicar el por qué de mi atención: ninguno de ellos volteó a ver aquel monumento en tacones destrozando con el repique de sus zapatos la canción del viento, eso fue lo que en ese momento, y hasta hoy, no comprendí. Si Usted, amable lector, pertenece al género masculino comprenderá a ciencia cierta de lo que hablo. En caso contrario, sólo puedo argumentar a Usted, lectora, que el resonar de unos tacones hace voltear al hombre por el impacto del sonido que produce su cadencia.
A todo esto, surgieron entonces dos preguntas esenciales: ¿Con qué intensidad amarán los físicos y los matemáticos?, ¿Hasta qué punto se vuelve interesante ver una serie de resistencias en una malla eléctrica para ignorar el semblante de una mujer?

Si bien aquellas mentes agudas de los matemáticos y físicos cambian, o intentan cambiar, los rumbos del mundo con sus innovaciones e investigaciones, no creo que exista mucha diferencia al oficio del poeta: el científico se encarga de dilucidar la verdad; el poeta es un mentiroso que dice la verdad. Sin la intromisión del poeta en el mundo los cambios en la sensibilidad y el comportamiento de los hombres tardarían en ocurrir lo que las grandes glaciaciones.

Así que de esas preguntas y suposiciones nació esto. Cabe aclarar que me gustan las matemáticas (estudié una carrera donde el uso de éstas era preponderante) pero me gusta más verme reflejado en la elipse de los ojos de la mujer que mueve mis días. Para ti, esto:

Sé percibir la materia,
mas sin contarla.

Ellos, entre tanto,
hablarán del
orden del caos,
de las distancias
entre dos cuerpos
que jamás se tocan
en la oscuridad.

Yo, sin duda, prefiero
las curvas de tus senos,
el triángulo que ejerce el
sexo sin vértices
ni catetos.

Prefiero la onda
de tu invariable ojo
reflejado
en la reminiscencia de
mi espalda y
sentir la profunda
gravedad
de tu cuerpo
cuando está sobre el mío.

Sé percibir tu materia,
mas sin contarla.

miércoles, 7 de abril de 2010

Mauricio Díaz, el "Hueso"

Lo conocí hace ya unos años (en el 2001, para ser más exactos) en la extinta peña “Convento de las Carolinas”. Ese día llegue tarde a su presentación y alcancé sólo a escuchar poco de su material, pero esas pocas rolas bastaron para descubrir a este "peso pesado" de la canción contemporánea mexicana.

Al final de su show era lamentable ver diez o menos asistentes que habían aguantado en sus mesas los acordes precisos, exactos, y, en sus momentos, serios de su recital. Y es que Mauricio es un artista pleno (o un rolero, como él se hace nombrar), un ejecutor de guitarra lúcido, pero sobre todo, un poeta con cachimba encendida capaz de pintar imágenes precisas en algún acorde recóndito de su canción.

Yo siempre voy a recordar sus confusas palabras que me dirigió cuando salíamos de aquella peña: "Un rolero necesita que le apaguen la radio antes de que empiece a cantar", después me enteré que cuando empezó a cantar aquel día la radio del “Convento de las Carolinas” estaba a todo volumen, ignorando los gritos y guitarrazos a mano limpia de Mauricio Díaz, el “Hueso”.

Tal vez el tiempo le dará el lugar que merece como uno de los mejores cantautores mexicanos. Mientras tanto no está de más escuchar una obra excelsa de este gran músico.

"Me estoy acostumbrando a que me corten el agua cada vez que no me alcanza...",
Mauricio Díaz desde San Cugat del Vallés, España.

lunes, 5 de abril de 2010

Deseando deseos


El deseo es una pulsión que se relaciona directamente con el desarrollo de la vida y lleva a definir al hombre en dos vertientes:

- El deseo como causa del sufrimiento y, por consiguiente, la aniquilación de éste: el secreto de la felicidad.
- El deseo como el móvil que le da sentido, inspiración y productividad a la vida.
El maestro Jorge Drexler, refiriéndose al descubrimiento de la identidad del deseo, menciona en una de sus más trabajadas composiciones: dulce magnetismo, dos cargas opuestas buscando lo mismo, y es una manera exquisita de plasmar la comparsa de los mecanismos de éste. En el deseo no puede haber una relación de iguales, siempre es el sujeto con su objeto y siempre es la distancia que guarda el sujeto con dicho objeto la que preserva el goce del anhelo deseado. La cercanía de este goce resguarda lo lejano y lo lejano es, ciertamente, el deseo.

Pero los deseos van mucho más allá de ser un simple mecanismo. Son la unión del cuerpo y la consciencia, por ejemplo: un hombre no puede dormir de noche porque le sobreviene el espanto de morir cuando empieza a caer el velo del sueño sobre él, y entonces su miedo flota en la vigilia de la noche. La elocuencia de este miedo llama la atención desde el momento que se percibe la ausencia del deseo de vivir. Este hombre, más bien, está aferrado a la idea del deseo a morir, y si se somete a esta obsesión es muy fácil que pueda morir durmiendo sin saberlo.

¿Y entonces cómo es que se va integrando a nosotros el deseo de morir? Sucede que cuando todos nuestros deseos se frustran estamos creando poco a poco un nuevo deseo, el de morir. La vida no puede darse como tal cuando se ha vuelto un imposible, y más cuando se ha vuelto un posible frustrado constantemente. Una manera de ejemplificarlo fácilmente es la muerte de un ser querido, de improvisto nos acoge el deseo de morir porque el deseo más anhelado (estar con la persona fallecida) se torna imposible, y así es como se empieza a desear inmediatamente la muerte a partir de esta frustración.

En el caso de los suicidas sucede algo muy peculiar. Ellos no se someten al Tanathos de una manera trascendental, sino que ocurre todo lo opuesto; están tan aferrados a la vida y a sus goces que cualquier perturbación o imposibilidad de éstos puede ser razón suficiente para empezar a engendrar su acción suicida, entonces depende del coraje que tengan para morir lenta o apresuradamente. Una persona que no está atada a la vida no puede suicidarse, al contrario, permanece estoico ante los hechos que le acontecen día con día, aunque no con esto decimos que tiene ausencia de deseos.

Nos damos cuenta que si la vida y los sujetos requieren de una vastedad de deseos para su supervivencia, también la muerte requiere la presencia de alguno de ellos para llevar a cabo su posibilidad, la única cuestión es saber cuál es su objeto.

Freud al final de sus estudios sobre la libido tomó conciencia del hecho de la aparente inexistencia de un deseo de muerte en la psiquis del hombre. Percibió que se debía completar ese círculo trazado por un deseo a vivir (Eros) con un deseo a morir (Tanathos) que permitiera a los hombres desligarse conscientemente de la vida. En este sentido general, ambos deseos aspiran a poseer la trascendencia del otro como pura trascendencia y como cuerpo aspirando reducir al otro a su simple facticidad.

Es por todo esto que los que persiguen deseos aparentan estar más vivos. ¿Qué es lo que haces? ¡Corre! Todo el mundo corre y está vivo. Yo no debería estar escribiendo esto, debería estar deseando y no perder el tiempo.

"Deseo". Jorge Drexler desde el Teatro Solís en Montevideo, Uruguay.