miércoles, 14 de abril de 2010

¡Ayyy… que tierno, eres poeta!


Cuántas veces los poetas no han sido enjuiciados con aquella frase repetida y tediosa: ¿Se puede vivir de la poesía? Y cuántas veces el poeta enmudece, se le vuelan los ojos tratando de sacar una respuesta al aire que convenza, con algún fundamento válido, la interrogante de su ejecutor.

Yo pienso que el poeta no sólo debe contestar –con un corte de manga, anexado- que no sólo se puede vivir de la poesía, sino que la obligación del poeta es vivir de ella. Una vez viviendo por ella y para ella, sus contados temporales bastan para aliviar la sed de toda la vida, incluidas aquellas estaciones cuando la aridez parece condenarnos a la infelicidad absoluta y pasar miserias.

Vivimos en una sociedad basada en la tecnocracia y en la acumulación de bienes materiales en donde el papel de la reflexión humana y poética exige el compromiso de gente “humanista”. El poeta debe servir con el fin de hacer humano al ser humano en estos tiempos de crisis y fragmentación.

A todo esto, trato de comprender y comprenderme en la poesía. Escuchar los sonidos del mundo y reconocerme en ellos. Ezra Pound decía que los poetas son las “antenas de la raza”. Pienso que de esta manera uno se hace humanista para empezar a forjar humanistas en un tiempo futuro. Aprendo a definirme y, en ocasiones, a delimitarme. “Conócete a ti mismo” es una tarea fundamental en este oficio. Conociéndome puedo comprender la importancia social de la poesía: develar la existencia. De-velar es re-velar al mundo en cada palabra, en cada silencio; éste es el destino natural diario: escribir para formular y reinventar la apariencia de la realidad.

Jamás se me olvidan al despertarme todos los días las palabras de Octavio Paz: “Me encontré frente a un muro y en el muro un letrero: Aquí empieza tu futuro.”, porque la vida es escribir en la hoja de los días con todo el cuerpo y no es posible amar con la mitad del corazón ni besar ni perderse en el abismo. Todo consiste en ser superiores a lo que hicimos el día de ayer.

Al final del día no hay nada más que decir. Nuestra labor crítica debe de seguir en esa línea que defina lo que somos y, en el mejor de los casos, lo que debiéramos ser. Menos ausencia que presencia. La última palabra está en nuestras manos.

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